
El padre petrolero el legado del mameluco.
El sacrificio invisible del padre petrolero, héroes silenciosos que construyeron el país desde los yacimientos.
De norte a sur, en cada rincón de nuestra geografía, miles de papás sostienen la energía del país desde la soledad del yacimiento. Entre ausencias obligadas, cumpleaños a la distancia y el frío del campo, construyen un futuro para sus hijos que el tiempo, tarde o temprano, se encarga de abrazar y agradecer.
Hay un hilo invisible de acero que une los viejos pozos de Tartagal y el norte salteño, las históricas tierras de Comodoro Rivadavia y Plaza Huincul, y las modernas torres que hoy perforan el suelo de Vaca Muerta. Ese hilo está hecho de herencia, de manos curtidas por el viento, de mamelucos manchados con lodo de perforación y, sobre todo, del sacrificio silencioso de los padres petroleros. Hombres de ayer y de hoy que, desde los yacimientos de cada rincón de la Argentina, dejaron y siguen dejando la vida para construir el legado que hoy sostiene la matriz productiva de todo un país.
Ser papá y ser petrolero es, casi siempre, aprender a conjugar el amor a través de la distancia. Es un oficio noble pero exigente, que no sabe de calendarios escolares, de domingos en familia ni de fechas importantes.
El verdadero sacrificio del petrolero no se mide solo en las extenuantes jornadas bajo cero o aguantando el viento de la meseta; se mide en las cosas cotidianas que se quedan del otro lado del camino. Ser padre en el campo es saber que te vas a perder el acto escolar de la primaria, la entrega de diplomas, o esa graduación tan esperada. Es la impotencia de recibir un llamado en medio de la noche porque tu hijo vuela de fiebre y vos estás a cientos de kilómetros, atrapado en un diagrama, sin poder hacer más que escuchar su voz a través de una señal intermitente.
Antes, las distancias eran todavía más crueles. No había videollamadas ni mensajes instantáneos. A muchos pioneros —muchos de esos viejos que ya no están físicamente, pero que caminan con nosotros en cada recuerdo— les tocó pasar Navidades y Navidades o la llegada de un Año Nuevo arriba de una locación, brindando con un vaso de plástico junto a los compañeros de turno, mirando el horizonte oscuro y pensando en la mesa familiar que quedó vacía en casa. Incluso, a más de uno le tocó el nacimiento de un hijo estando en el medio del campo, enterándose horas o días después.
Es una realidad compleja. En lo económico, el esfuerzo permite darles a los hijos una realidad mejor, asegurarles el estudio, el techo y que no les falte nada. Pero el precio que se paga es alto: perderse gran parte de su crecimiento. Y a veces, en la adolescencia o en la distancia de los años, llega el reproche o ese "no estuviste" que cala hondo en el pecho de un padre que se rompió la espalda en una torre de perforación pensando justamente en ellos.
Sin embargo, la vida es sabia y termina acomodando los tantos. Todo ese sacrificio inmenso vale la pena cuando ves a tus hijos convertirse en personas de bien. El tiempo pasa, esos chicos crecen, forman sus propias familias y les toca salir a ganarse el pan. Es ahí, cuando les toca ponerse en los zapatos de adultos, cuando miran a sus propios hijos, cuando verdaderamente entienden el valor de cada hora que papá pasó lejos. Comprenden que la ausencia no era olvido; era amor en forma de trabajo, era el compromiso inquebrantable de darles el futuro que ellos mismos quizás no tuvieron.
Hoy queremos recordar a los viejos petroleros que marcaron el camino y que ya descansan en paz, aquellos que sembraron la mística de esta actividad en todo el territorio nacional. Y también abrazar al papá que hoy está subido a una combi subiendo al yacimiento, al que está operando una zaranda, manejando un camión o controlando un pozo en este preciso instante.
A todos ellos, a los que están en casa y a los que les tocó pasar este día en el medio del campo: ¡Feliz Día del Padre Petrolero! Gracias por sostener al país con su esfuerzo y por amar a sus familias con la fuerza inquebrantable de nuestra tierra.
Fuente: VMO