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La picadora de carne

Las fotos y los titulares parecen de una realidad paralela. Se anuncian récords, inversiones históricas, y nuevos acuerdos como si viviéramos un boom de empleo.

La picadora de carne

Las fotos y los titulares parecen de una realidad paralela. Se anuncian récords, inversiones históricas, y nuevos acuerdos como si viviéramos un boom de empleo.

Pero en el corazón de la industria, donde se debería respirar futuro, hoy se mastica desesperación.

La motosierra y el frizzer, que prometían orden y racionalidad, se están transformando en una picadora de carne. Cada semana hay más despidos, más suspensiones, más trabajadores que vuelven a su casa con una sola pregunta: ¿Y ahora cómo vivo?

Nos vendieron la idea de que había que aguantar. Que venía un sacrificio necesario. Pero el ajuste no cae parejo: cae sobre los que menos tienen, sobre los que hacen funcionar esta maquinaria. Mientras tanto, las empresas ajustan en silencio y los CEOs del Excel aprietan "suprimir" cuando un nombre molesta en una planilla. Así de simple, así de cruel.

El aumento que llegó en algunos sueldos se fue en alquiler, en colegios, en comida, en impuestos. La inflación no baja en la góndola, baja en el PowerPoint de algún funcionario que nunca supo lo que es trabajar 14x7 en el desierto, sin baño ni sombra, comiendo en el camión.

Mientras tanto, los sindicatos —carpeteados, condicionados, silenciados— ya no pueden parar ni protestar. Y si un trabajador alza la voz, lo silencian. Lo aíslan. Le muestran el láser y lo mandan a su casa. Hoy el trabajador perdió algo más grave que el sueldo: perdió la libertad.

¿Dónde están los líderes? ¿Dónde están los que decían defender a los trabajadores? ¿Dónde están los que prometieron que Vaca Muerta era la salida? Hoy lo que hay es un desierto laboral disfrazado de potencia energética.

En este escenario, lo que más duele no es solo perder el trabajo. Es perder la esperanza. El sueño de trabajar, que era un derecho, se convirtió en una amenaza.

Lo que está en juego"

En las próximas elecciones de diputados no está en juego quién gana o pierde en el pequeño círculo del poder. Lo que realmente se decide es si se consolida un modelo que pretende hacernos creer que la flexibilización laboral es progreso. No te dejes engañar: es todo lo contrario. Te miraron mal, no saludaste, no rendiste lo que esperaba el supervisor... y chau, a tu casa. Sin derecho a réplica, sin posibilidad de reclamar nada.

Este modelo disfrazado de "libertad" es, en realidad, la legalización de la precarización. La libertad que proponen no es para el que trabaja: es para el que despide. Quieren romper todo lo que se construyó durante décadas. Y no hablamos solo de leyes, hablamos de la dignidad que da un trabajo en blanco, de la seguridad de saber que a fin de mes vas a poder pagar el alquiler, llenar la heladera y mandar a tus hijos a la escuela.

Nos están cambiando el país que conocieron nuestros padres y abuelos. Ese donde el camionero, el petrolero, el trabajador de campo o de la obra sabía que su esfuerzo tenía un valor. Hoy, ese valor se derrumba con cada jubilación que ajustan, con cada derecho que vetan desde un escritorio. Y lo peor: no podés hacer nada. ¿Come o no come tu viejo? Da igual. “Veto y listo”.

El sacrificio del trabajador ya fue, ya se dio todo. ¿Qué más quieren? Que laburemos 14 horas por la mitad, sin obra social, sin aportes, y agradeciendo que no nos dejen en la calle como a miles hoy en la Patagonia.

Necesitamos representación real. Nos faltan obreros en las bancas. Gente que haya trabajado, que haya tenido barro en los borcegos, que sepa lo que es hacer un diagrama 14x7 sin ver a tus hijos. Ya vimos lo que hacen los que vienen de la universidad a escribir proyectos desde Palermo. También vimos lo que hacen los que solo fueron punteros, cortadores seriales del tránsito.

Ya los conocemos a todos. No hace falta ser un genio ni un animal político para saber lo que falta en cada casa de cada argentino: trabajo, respeto y futuro.

Fuente: VMO

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