
Inflación a la baja en los papeles, ajuste al rojo vivo en los hogares
Mientras el Gobierno celebra el 31,5% anual, millones de argentinos sienten que el sueldo ya no alcanza y que el costo de vivir sigue fuera de control.
El INDEC informó que la inflación de diciembre fue del 2,8% y que 2025 cerró con una suba acumulada del 31,5%, el nivel más bajo desde 2017. Los números oficiales fueron rápidamente celebrados por el ministro de Economía, Luis Caputo, quien habló de un “logro extraordinario” y de un programa económico que, según el Gobierno, estaría encaminado a erradicar definitivamente la inflación.
Sin embargo, fuera de los despachos oficiales y lejos de los gráficos macroeconómicos, la realidad cotidiana cuenta otra historia.
Para el trabajador, el jubilado, el monotributista y la familia de clase media, la inflación “baja” no se traduce en alivio. Al contrario: el costo de vida sigue subiendo mes a mes y empuja a miles de hogares al límite. Los impuestos, la telefonía, internet, los colegios, los alquileres, el combustible, la carne, los alimentos básicos y las obras sociales aumentan muy por encima de los ingresos reales.
La pregunta empieza a repetirse en cada mesa familiar, en cada charla de trabajo y en cada barrio: ¿de qué inflación hablamos cuando no se llega a fin de mes?
El relato oficial muestra estabilidad, pero el bolsillo muestra desgaste. La macro puede ordenarse, pero la microeconomía está asfixiada. El salario corre detrás de precios que no esperan, mientras los servicios esenciales se vuelven un lujo y no un derecho. En muchas casas ya no se discute ahorrar: se discute qué dejar de pagar.
Hay también un fenómeno social que atraviesa este momento: la protesta se trasladó a las redes. El enojo se expresa en posteos, comentarios y descargos digitales, pero las calles permanecen silenciosas. El malestar existe, es profundo, pero parece fragmentado, individual, sin canal colectivo. Un pueblo cansado que se queja, pero no reacciona.
Tal vez la mayor fantasía no sea el número de inflación, sino creer que se puede sostener un proceso de ajuste permanente sin consecuencias sociales. Porque cuando la heladera está vacía, cuando la boleta no se puede pagar y cuando el sueldo se evapora antes del día 15, los porcentajes dejan de importar.
La economía no se mide solo en índices. Se mide en mesas servidas, en alquileres pagados, en remedios comprados y en familias que logran vivir con dignidad. Y ahí, hoy, hay una deuda que ningún gráfico logra ocultar.
Fuente: vmo