
Vaca Muerta no puede crecer a costa de quienes la sostienen
La productividad tiene un límite cuando la cadena pierde rentabilidad.
Editorial | Vaca Muerta Online
Vaca Muerta atraviesa uno de los momentos de mayor expansión de su historia. La producción crece, las inversiones se multiplican, aparecen nuevos proyectos de infraestructura y Neuquén se consolida como uno de los principales motores económicos de la Argentina.
Pero hay una pregunta que cada vez resulta más difícil de esquivar:
¿cuánto de esa riqueza está llegando realmente a quienes todos los días sostienen la operación?
Porque detrás de cada récord de producción hay empresas, trabajadores, transportistas, talleres, comercios, proveedores, contratistas, técnicos y profesionales que tienen que pagar salarios, equipos, combustibles, alquileres, seguros, impuestos, mantenimiento, consumibles y cumplir con las exigencias de seguridad de una de las industrias más exigentes del mundo.
Y ahí aparece una realidad que merece ser discutida.
Vaca Muerta puede producir más y más rápido, pero no puede hacerlo destruyendo la rentabilidad de su propia cadena de proveedores.
El récord productivo convive con una economía que no siente el mismo récord
Los números oficiales son contundentes.
Neuquén incrementó un 7,1% el empleo privado registrado entre 2023 y 2025 y sumó casi 12.000 puestos de trabajo. También se radicaron 186 nuevas empresas.
Es una buena noticia y corresponde reconocerla.
Pero esos números no alcanzan para describir toda la realidad económica de la provincia.
Porque mientras la industria petrolera continúa expandiéndose, el comercio, las pequeñas empresas y determinados segmentos de servicios están atravesando una situación mucho más compleja.
ACIPAN ya advirtió sobre cierres de comercios, caída del consumo y presión de costos.
Y en Vaca Muerta aparece una contradicción todavía más profunda:
la actividad crece, pero muchas empresas que trabajan para esa actividad sienten que cada contrato nuevo exige hacer más con menos.
El problema del segundo anillo
Durante años se habló de que Vaca Muerta necesitaba desarrollar un fuerte entramado de proveedores locales.
Ese concepto es correcto.
El problema aparece cuando el desarrollo de la cadena se mide únicamente por la cantidad de empresas contratadas y no por la capacidad de esas empresas de sobrevivir económicamente.
El reciente conflicto generado por el pedido de Halliburton de reducir hasta un 23% los valores de contratos vigentes con proveedores de la Cuenca Neuquina puso el problema sobre la mesa. La medida generó el rechazo de CEISA, FECENE y organizaciones sindicales, que advirtieron sobre el impacto que podría tener sobre la continuidad de empresas y puestos de trabajo.
Posteriormente se abrió una instancia de diálogo para analizar individualmente la situación de los proveedores.
El episodio debería dejar una enseñanza.
Bajar costos no es lo mismo que bajar precios.
Una empresa puede ser eficiente, incorporar tecnología, mejorar procesos y reducir tiempos. Eso es productividad.
Otra cosa muy diferente es pedirle a una contratista que absorba una reducción que no puede sostener sin tocar personal, mantenimiento, equipos, capacitación o seguridad.
Y allí está el verdadero peligro.
La productividad no puede convertirse en precarización
En Vaca Muerta se habla permanentemente de alcanzar costos y velocidades similares a los grandes desarrollos de Estados Unidos.
Es una meta razonable.
La industria necesita producir más rápido, reducir tiempos muertos, optimizar equipos y bajar costos.
Pero existe una diferencia fundamental:
no se puede pretender competir con el Permian simplemente trasladando la presión hacia el trabajador argentino o hacia la pyme neuquina.
La propia industria internacional reconoce que Vaca Muerta todavía presenta costos superiores a los de algunos desarrollos estadounidenses. Reuters reportó estimaciones de costos de perforación aproximadamente 35% superiores al Permian, aunque con una economía del recurso que mantiene atractivo al play.
Entonces la pregunta debería ser otra:
¿Cómo hacemos para bajar ese 35% sin destruir la cadena de valor?
La respuesta no puede ser solamente:
- menos trabajadores;
- más horas;
- menos mantenimiento;
- menores salarios;
- menos capacitación;
- proveedores con márgenes cada vez más pequeños;
- equipos trabajando al límite;
- contratos que pierden rentabilidad.
Eso no es productividad.
Eso es trasladar el costo de la ineficiencia hacia otro eslabón de la cadena.
Los servicios integrados están cambiando el mapa
Hay otro fenómeno que merece atención.
En distintos yacimientos están creciendo los servicios integrados, donde una misma empresa concentra diferentes prestaciones dentro de un paquete único.
Desde el punto de vista de la operadora, la lógica es entendible: centralizar servicios, reducir interlocutores, simplificar contratos y buscar eficiencia.
Pero existe una segunda cara.
Cuando varios servicios quedan concentrados en una misma estructura, el volumen de trabajo puede mantenerse o incluso crecer mientras disminuye la cantidad de empresas participantes y, en determinados casos, la dotación de personal necesaria para ejecutarlo.
Esto genera una presión muy fuerte sobre las empresas que quedaron fuera.
Y también sobre aquellas que permanecen dentro pero deben sostener estructuras importantes con contratos cada vez más ajustados.
El trabajador petrolero tampoco vive en una burbuja
Existe otro error que debemos evitar.
Pensar que todo trabajador petrolero vive bien simplemente porque trabaja en Vaca Muerta.
La realidad es mucho más heterogénea.
Hay trabajadores con ingresos elevados, pero también existe una enorme cantidad de personas que trabajan jornadas extensas, bajo sistemas de turnos, lejos de sus familias y con una responsabilidad enorme sobre sus hombros.
Cada pozo que sale en tiempo y forma requiere una cadena completa de trabajadores.
El perforador no trabaja solo.
Detrás están los equipos de torre, control de sólidos, fluidos, cementación, wireline, fractura, logística, transporte, mantenimiento, laboratorio, seguridad, supervisión y una enorme cantidad de servicios indirectos.
El récord de producción es colectivo.
Por eso tampoco parece razonable que solamente algunos sectores reciban los beneficios de los aumentos de productividad mientras otros quedan afuera de los incentivos.
Si se premia la velocidad, el reconocimiento debería alcanzar a toda la cadena que hace posible esa velocidad.
Neuquén también tiene un problema de costos
Hay una segunda cuestión que muchas veces queda escondida detrás de las cifras de producción:
vivir en Neuquén es cada vez más caro.
La presión sobre la vivienda es particularmente evidente en Añelo. Actualmente se publican alojamientos para trabajadores con valores de entre $2,5 millones y $3,5 millones mensuales para unidades de cuatro personas, mientras parte de esa oferta permanece incluso desocupada.
Eso muestra una distorsión muy particular.
Hay una enorme demanda de infraestructura y trabajadores, pero al mismo tiempo existen precios que expulsan a parte de la población.
Y conseguir una vivienda propia tampoco es sencillo.
El trabajador puede tener un salario que parece alto desde Buenos Aires, pero cuando se descuentan alquiler, transporte, alimentación, educación, servicios y endeudamiento, la fotografía cambia completamente.
El nuevo fenómeno: ganar bien y estar endeudado
Argentina atraviesa además un proceso de fuerte endeudamiento de los hogares.
Por eso no alcanza con mirar solamente el salario nominal.
Hay que mirar el poder adquisitivo real.
Un trabajador puede cobrar mucho más que el promedio nacional y, sin embargo, estar financieramente comprometido por el costo de vida de Neuquén.
Esta es una discusión que deberíamos empezar a dar seriamente.
Porque si el crecimiento de Vaca Muerta necesita trabajadores especializados, pero esos trabajadores no pueden acceder a vivienda, educación, transporte y condiciones de vida razonables, la propia expansión de la industria termina generando su propio cuello de botella social.
¿Y el Compre Neuquino?
Neuquén tiene una herramienta importante: la Ley 3338 y el sistema de proveedores neuquinos certificados.
Más de 1.000 pymes neuquinas ya cuentan actualmente con certificación y el Gobierno informó una mejora en los niveles de contratación de empresas locales.
Es un camino que hay que fortalecer.
Pero hay una discusión pendiente.
No alcanza con ser neuquino. Hay que poder competir.
Una empresa que paga salarios conforme al convenio petrolero, tiene estructura formal, seguros, ART, equipos habilitados, mantenimiento, impuestos provinciales y municipales, certificaciones y todos los costos que exige operar correctamente puede encontrarse compitiendo contra empresas que llegan desde otras provincias con estructuras diferentes.
Y allí aparece una paradoja:
queremos fortalecer al proveedor neuquino, pero si sus costos son sustancialmente mayores, podemos terminar dejándolo fuera del mercado.
La solución no es eliminar las obligaciones.
La solución es hacer competitivo al que cumple.
Vaca Muerta necesita una nueva conversación sobre costos
El debate no debería ser:
empresa contra trabajador.
Tampoco:
operadora contra contratista.
Ni:
Neuquén contra empresas de otras provincias.
La discusión correcta debería ser:
¿Cómo construimos una Vaca Muerta competitiva, rentable y sostenible?
Para eso hay que sentar en una misma mesa a:
operadoras + grandes empresas de servicios + pymes + sindicatos + Gobierno + trabajadores + proveedores.
Y mirar el costo completo de la cadena.
Porque si una operadora logra bajar un contrato un 20%, pero como consecuencia desaparece una pyme, se pierden 30 puestos de trabajo, se vende el equipamiento, se deja de capacitar personal y el servicio termina concentrado en menos empresas, ¿realmente se ganó competitividad?
Tal vez se ganó precio.
Pero se perdió capacidad productiva.
La gran pregunta: ¿qué Vaca Muerta queremos construir?
Argentina necesita que Vaca Muerta sea competitiva.
Necesita más producción.
Necesita exportar.
Necesita dólares.
Necesita infraestructura.
Necesita alcanzar estándares internacionales.
Necesita perforar más rápido y bajar costos.
Todo eso es indiscutible.
Pero también necesita empresas argentinas capaces de permanecer durante los próximos 20 años.
Porque una pyme que invirtió millones de dólares en equipos, capacitó trabajadores y construyó una estructura para acompañar el desarrollo de Vaca Muerta no puede convertirse en una variable descartable cada vez que aparece una necesidad de bajar costos.
Las empresas se van. Los equipos se venden. Los trabajadores se quedan. Y cuando una cadena de proveedores se rompe, reconstruirla cuesta muchísimo más que haberla cuidado.
Lo vimos en otras cuencas.
Lo vimos en el Golfo San Jorge.
Lo vimos en provincias donde compañías abandonaron operaciones y comunidades enteras quedaron esperando inversiones que nunca regresaron.
Vaca Muerta tiene una oportunidad histórica.
Pero precisamente por eso no debería repetir los errores del pasado.
El petróleo no es solamente un barril: es una cadena
Hay una idea que deberíamos instalar definitivamente:
cada barril de petróleo neuquino contiene mucho más que petróleo.
Contiene horas de trabajo.
Contiene una empresa que compró un camión.
Un taller que reparó una bomba.
Un trabajador que pasó 14 días lejos de su familia.
Una pyme que tomó un crédito para comprar un equipo.
Un comercio que vende alimentos.
Un hotel.
Un transporte.
Un laboratorio.
Un soldador.
Un operador.
Un ingeniero.
Un técnico.
Una empresa de control de sólidos.
Una compañía de mantenimiento.
Un proveedor de consumibles.
Y miles de familias.
Por eso, cuando hablamos de productividad, tenemos que hablar de toda la cadena.
Editorial Vaca Muerta Online
Vaca Muerta no necesita solamente producir más. Necesita producir mejor.
Y producir mejor significa que la eficiencia alcance a todos.
Que las operadoras sean competitivas.
Que las grandes empresas de servicios puedan ganar dinero.
Que las pymes tengan rentabilidad.
Que los trabajadores tengan salarios dignos y condiciones seguras.
Que el Estado genere infraestructura.
Que el Compre Neuquino sea realmente competitivo.
Que los alquileres no expulsen a quienes vienen a trabajar.
Que el crecimiento productivo se transforme en desarrollo económico.
Y, sobre todo, que la búsqueda de un Vaca Muerta más parecida al modelo estadounidense no termine convirtiéndose en una carrera para ver quién soporta más presión.
Porque Estados Unidos construyó su industria shale con tecnología, capital, escala, productividad y competencia.
Argentina debe encontrar su propio modelo.
Uno que tenga velocidad estadounidense, tecnología internacional y productividad de primer nivel, pero también empresas nacionales fuertes y trabajadores argentinos dentro de la ecuación.
Ese debería ser el verdadero desafío.
No solamente sacar más petróleo y gas.
Sino lograr que quienes hacen posible ese récord puedan seguir estando allí cuando llegue el próximo.
Fuente: VMO