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Tener petróleo no alcanza

La inflación energética golpea a América Latina y expone el desafío argentino.

Tener petróleo no alcanza

La inflación energética golpea a América Latina y expone el desafío argentino.

Los precios de la energía llegaron a registrar una inflación anual del 8,03% en América Latina y el Caribe, muy por encima de la inflación general. Los combustibles explican buena parte de la presión sobre hogares, transporte y empresas. Argentina tiene una ventaja estratégica con Vaca Muerta, pero todavía enfrenta el desafío de transformar esa abundancia de petróleo y gas en energía competitiva para su propia economía.

La energía volvió a ocupar un lugar central en la discusión económica de América Latina.

Durante el primer semestre de 2026, la inflación energética regional alcanzó un nivel anual del 8,03%, de acuerdo con datos recopilados por la Organización Latinoamericana de Energía (Olade). La cifra prácticamente duplicó la inflación general, que se ubicó en torno al 4,49%.

La diferencia revela algo que suele quedar escondido detrás del promedio de los índices de precios: cuando la energía aumenta por encima del resto de la economía, el impacto no termina en el surtidor ni en la factura de electricidad.

Se traslada al transporte, los alimentos, la industria, la logística y finalmente al bolsillo de los consumidores.

Y en un escenario internacional atravesado por tensiones geopolíticas y fuertes movimientos del precio del petróleo, América Latina vuelve a quedar expuesta a una vieja vulnerabilidad: depender de los costos internacionales de la energía aun cuando algunos países sean productores de hidrocarburos.

El combustible vuelve a ser el principal transmisor del shock

Los derivados del petróleo se consolidaron durante el semestre como uno de los principales motores de la inflación energética regional.

El mecanismo es conocido.

Cuando sube el petróleo, aumentan los costos de refinación y transporte y comienza una cadena que alcanza a las estaciones de servicio. Pero el traslado hacia los precios finales no necesariamente ocurre en forma inmediata ni simétrica.

Cuando el crudo sube, los combustibles pueden aumentar rápidamente.

Cuando el petróleo baja, en cambio, la reducción puede demorar.

Entre las razones aparecen los inventarios adquiridos a precios anteriores, los costos de refinación y transporte, los seguros, los impuestos y los márgenes comerciales.

Por eso, el precio internacional del barril y el precio que paga un consumidor en una estación de servicio no se mueven necesariamente al mismo tiempo.

El problema no termina en el surtidor

El verdadero impacto de una inflación energética elevada aparece cuando se observa la economía completa.

Un camión que paga más por el gasoil aumenta sus costos.

Una empresa de transporte ajusta sus tarifas.

El productor incorpora ese incremento a su estructura.

La industria enfrenta mayores costos logísticos.

El comercio recibe mercadería más cara.

Y finalmente el consumidor termina absorbiendo una parte de esa cadena.

Por eso la energía tiene una característica particular dentro de la inflación: funciona como un precio transversal de la economía.

No solamente se consume energía.

También se necesita energía para producir prácticamente todo lo que se consume.

La región muestra realidades muy diferentes

El impacto tampoco es uniforme entre los países latinoamericanos.

Algunos gobiernos cuentan con subsidios o mecanismos de estabilización que permiten amortiguar parcialmente las variaciones internacionales. Otros trasladan con mayor rapidez los cambios del mercado hacia los consumidores.

Pero los subsidios tampoco eliminan el costo.

Simplemente pueden trasladarlo desde la factura o el surtidor hacia las cuentas fiscales.

Esa tensión obliga a los gobiernos a encontrar un equilibrio complejo entre tres objetivos: precios accesibles, sostenibilidad fiscal y señales correctas para la inversión energética.

Argentina tiene petróleo. La pregunta es cuánto le cuesta su energía

En este escenario aparece una particularidad argentina.

El país cuenta con uno de los grandes desarrollos de hidrocarburos no convencionales del mundo: Vaca Muerta.

La formación neuquina está modificando la capacidad productiva argentina y abre la posibilidad de incrementar exportaciones, generar divisas y reducir la dependencia energética.

Pero la existencia de grandes reservas no significa automáticamente que el consumidor argentino quede protegido frente a los movimientos internacionales.

El precio de los combustibles depende de una combinación mucho más amplia de factores: petróleo, refinación, impuestos, logística, márgenes comerciales, regulación y condiciones del mercado interno.

Por eso aparece una paradoja.

Argentina puede producir cada vez más petróleo y, al mismo tiempo, seguir sintiendo en sus combustibles los movimientos del mercado internacional.

La diferencia estará en cuánto de esa ventaja productiva consigue capturar la economía argentina.

Vaca Muerta puede convertirse en un amortiguador

La verdadera oportunidad estratégica consiste en avanzar desde una Argentina que simplemente produce hidrocarburos hacia una Argentina que construye alrededor de esos recursos una estructura energética competitiva.

Más producción.

Más transporte.

Más capacidad de almacenamiento.

Más refinación eficiente.

Más infraestructura.

Más exportaciones.

Y, sobre todo, mayor previsibilidad.

Cuanto más eficiente sea toda la cadena, mayor será la capacidad de absorber shocks externos sin trasladarlos íntegramente a consumidores y empresas.

En ese sentido, Vaca Muerta no debería analizarse únicamente como una fuente de petróleo y gas.

También puede convertirse en una herramienta de competitividad para toda la economía.

El otro frente: tarifas y subsidios

La presión energética también vuelve a poner bajo discusión el esquema tarifario.

Reducir subsidios permite disminuir el costo fiscal y acercar las tarifas al costo real de producción. Pero hacerlo demasiado rápido puede provocar un salto de precios que termine alimentando la inflación y deteriorando el ingreso disponible de los hogares.

La alternativa contraria tampoco es gratuita.

Mantener tarifas artificialmente bajas durante demasiado tiempo implica trasladar el costo al Estado y puede generar distorsiones que afectan la inversión y la calidad del sistema.

El desafío, entonces, no consiste simplemente en subsidiar o eliminar subsidios.

Consiste en construir un sistema energético que necesite cada vez menos subsidios porque sea más productivo, eficiente y competitivo.

El petróleo caro también puede ser una oportunidad

La paradoja de la actual coyuntura internacional es que el mismo fenómeno que genera presión sobre los precios puede representar una oportunidad para los países productores.

Un petróleo internacional más caro mejora potencialmente los ingresos de los proyectos exportadores.

Para Argentina, eso puede significar más divisas y mejores condiciones para acelerar inversiones en Vaca Muerta.

Pero existe una condición.

El país necesita utilizar los períodos favorables para construir capacidad estructural y no simplemente aprovechar un precio internacional elevado.

Si el barril vuelve a bajar, la infraestructura seguirá allí.

Los oleoductos seguirán allí.

Los equipos seguirán allí.

Los proveedores seguirán allí.

Los trabajadores capacitados seguirán allí.

Y la capacidad exportadora continuará generando valor.

La verdadera batalla es bajar el costo energético de producir en Argentina

La inflación energética regional deja una conclusión que va mucho más allá del precio de la nafta.

América Latina sigue expuesta a shocks que se originan a miles de kilómetros de sus economías.

Argentina tiene una oportunidad diferente.

Vaca Muerta puede permitirle pasar de ser una economía vulnerable a los ciclos energéticos internacionales a convertirse en un actor energético relevante de la región.

Pero para lograrlo no alcanza con sacar más barriles del subsuelo.

Hay que construir infraestructura, ampliar mercados, mejorar la logística, aumentar la eficiencia y generar condiciones para que el desarrollo energético reduzca costos y genere actividad en toda la cadena productiva.

El desafío argentino no es solamente producir petróleo.

Es conseguir que producir energía en Argentina sea una ventaja competitiva para vivir, trabajar y producir en Argentina.

Porque tener petróleo es una riqueza.

Convertir esa riqueza en energía competitiva, dólares, empleo, infraestructura y desarrollo es el verdadero desafío.

ANÁLISIS | VACAMUERTAONLINE

Fuente: VMO

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